jueves, 11 de octubre de 2012


CIENCIA Y TECNOLOGIA

La innovación tecnológica, normalmente estimulada por los Gobiernos, promueve el crecimiento industrial y ayuda a mejorar los niveles de vida de la población. Estos datos pretenden arrojar luz sobre la base tecnológica de los países e incluyen: investigación y desarrollo, artículos de publicaciones científicas y técnicas, exportaciones de alta tecnología, regalías y derechos de licencias y patentes y marcas comerciales. Las fuentes incluyen al Instituto de Estadística de la UNESCO, la Fundación Nacional de las Ciencias de Estados Unidos, la División de Estadística de la ONU, el FMI y la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI).

México sigue siendo uno de los países de los cinco continentes donde se invierte menos en desarrollo científico y tecnológico, destacó Ruy Pérez Tamayo, profesor emérito de la UNAM y Medalla al Mérito Universidad Veracruzana (UV) en 2004, al platicar con estudiantes en la Facultad de Biología de esta casa de estudios.
Al abordar la historia de la ciencia en México durante las últimas décadas, comentó: “En toda la segunda mitad del siglo XX nunca se estableció una política nacional de ciencia y tecnología a largo plazo, aunque cada gobierno proclamó sendos programas sexenales de desarrollo de ciencia y tecnología que tampoco se cumplieron”.
Cada uno de los presidentes que se han sucedido desde tales épocas han prometido que al final de su sexenio el presupuesto para ciencia y educación alcanzaría el uno por ciento del Producto Interno Bruto (PIB), mientras que la UNESCO ha recomendado a países en desarrollo invertir cuando menos el 1.5 por ciento del PIB.
“En diferentes sexenios, el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt) se manejó como un botín político e incluso tuvo un director general que declaró lo siguiente, lo cito: ‘Yo de eso de la ciencia y la tecnología no sé nada’. Y procedió a demostrarlo convincentemente durante los próximos seis años: se llamaba Edmundo Flores.”
Durante la crisis económica de los años ochenta, el presidente De la Madrid solicitó a la Academia de la Investigación Científica, hoy Academia Mexicana de Ciencias, una propuesta para aliviar la situación de la comunidad científica que se estaba desintegrando por la misma recesión.
La Academia, continuó, presentó un proyecto ante la Secretaría de Educación Pública, posteriormente se aprobó y firmó el decreto mediante el cual se creaba el Sistema Nacional de Investigadores (SNI); en el proyecto original la Academia se había propuesto para manejar el SNI, entre otras cosas, para evitar su burocratización.

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